Dejamos por un instante el frío de Escandinavia para recordar otro lugar solemne de la cálida Asia. Concretamente, voy a hablaros de un monumento erigido para recordar a una de las personalidades más imponentes del siglo XX, Mahatma Gandhi.
Al sur del célebre Fuerte Rojo de Nueva Delhi, a orillas del río Yamuna, se encuentra el Raj Ghat o Tumba de Gandhi. Es un lugar de visita casi obligada si estáis por la India e imprescindible si veneráis la figura de Gandhi.
La verdad es que el Raj Ghat impone por su sencillez, aunque conociendo la figura de este líder de la patria India no me extraña. Una especie de sacerdote se encarga de velar por las cenizas de Gandhi y por mantener viva una llama eterna que simboliza la grandeza de este hombre irrepetible.
Gandhi fue incinerado en el Raj Ghat tras su asesinato en 1948. Si recordáis os conté la historia de la última morada de Gandhi. En la actualidad, la tumba está formada por una plataforma cuadrada de mármol negro que recibe muchas visitas a diario.
Fue precisamente en este lugar donde nos topamos con una de las curiosidades de nuestro viaje a India y Nepal. En los alrededores de la tumba hay un parque precioso en el que encontramos un árbol donado en 1993 por el entonces presidente del Gobierno, Felipe González. Lo que ha llovido desde aquellas chaquetas de pana.
La zona del Raj Ghat es muy importante para los hindúes, ya que además de Gandhi, en sus alrededores también fueron incinerados Nehru, su hija Indira Gandhi y sus nietos.
Además, en el mismo parque, se encuentra el Museo Conmemorativo de Gandhi, donde se pueden encontrar muchos objetos de la vida que llevó el Mahatma. Sin duda, un ejemplo para todos.



























