El penúltimo día de nuestro Viaje a India y Nepal nos dio por hacer un mini-trekking por el valle de Kathmandú. Nada serio desde luego, tan sólo estirar las piernas para conocer algunas zonas rurales próximas a la capital de Nepal.
En todo el viaje no había llovido casi, pese a estar en plena época de monzones. Sin embargo, al cielo le dio ese día por refrescar un poco el ambiente mientras paseábamos por pequeños pueblos rodeados de arrozales. De todo el grupo de viajeros, sólo Lidia, Raúl, nuestro guía Anjan y nosotros dos emprendimos el camino.
El sendero nos llevó hasta el pequeño pueblo de Khokana, sin duda, uno de los lugares más entrañables del viaje. En realidad era un pueblecito de esos que no salen en las guías y que no esperábamos encontrar ni por asomo. Callejuelas empedradas, casas unifamiliares de ladrillos, guindillas rojas colgadas de los balcones y verde, mucho verde por los cuatro costados. La combinación de colores era deliciosa.
En un pueblo perdido de la mano de Dios, lo mejor fue ver las caras de los lugareños que nos veían aparecer bajo nuestros chubasqueros y paraguas. Al estar lloviendo, todo el mundo se resguardaba donde podía de las gotas. Parecía que el tiempo se detuviera para ellos, porque sus miradas eran serenas y llenas de calma. Al principio nos miraban con un poco de asombro, pero poco a poco sus expresiones denotaban alegría y sencillez. Qué maravilla, qué hospitalaria es la gente de Nepal.
El paseo, más que para estirar las piernas, nos enseño un lugar en el que gente que apenas tienen nada lo comparte todo. A veces, cuando las cosas se tuercen por cualquier tontería, nos acordamos de aquella gente humilde de Khokana y nos hacen recordar las cosas importantes de verdad. En Nepal, como en tantos otros lugares de nuestros viajes por Asia, hemos aprendido que una sonrisa no se compra con dinero.





















