Después de la resaca del triunfo de España, voy a contaros una de las historias más desafortunadas de nuestro viaje a la India. Fue tal el cabreo que nos pillamos, que por unas horas olvidamos los buenos momentos, juramos en arameo y nos cagamos en todo lo que tenía que ver con la India. Luego se nos pasó.
Nos disponíamos a abandonar India, destino a Kathmandú. Apurábamos los últimos momentos en Varanasi subidos a un autobús que nos dirigía al aeropuerto. Antes nos habíamos despedido del guía que nos había “protegido” y desvalijado durante todo el camino. Íbamos solos a nuestro calvario. En general, el viaje había sido fantástico, aunque agotador y un poco estresante. Nuestra paciencia todavía debía pasar una última prueba: el Aeropuerto de Varanasi.
Las medidas de seguridad eran extremas. Al día siguiente se celebraba el Día de la India y estaba el país blindado. Sólo podían entrar al aeropuerto los que tuvieran billetes. Nosotros pasamos con el nuestro en la mano. Registro exhaustivo de maletas y pertenencias. Facturación de los bultos. Hasta ahí todo más o menos normal, los controles exigentes, pero todo normal.
Cuando cruzamos los primeros controles, nos pasaron a una salita donde debían sellar tu visado de salida o algo por el estilo. Una funcionaria del Estado era la encargada de gestionarlo todo. Parecía que el tiempo se había detenido sobre su mano. Sellaba los pasaportes con cuentagotas y con una parsimonia que asustaba. Nuestro destino estaba en sus manos.
Todo el mundo nos pasaba delante, sobre todo los hindúes, que no hacían ninguna cola. De repente, a Víctor, uno de los que mejor hablaba inglés del grupo, se le ocurrió preguntarle a la funcionaria los motivos del retraso. Ella le dedicó una sonrisa muy cínica y le comunicó que tenía “mucho trabajo”. Era la viva imagen de una víbora con sari.
La cínica hindú le sugirió que con un “poco de ayuda”, haría mejor su trabajo. Víctor le soltó unos dólares y selló los pasaportes con rapidez. No obstante, decidió que ya había trabajado suficiente. La historia se repitió varias veces hasta que todos los miembros del grupo recuperamos los pasaportes. India 1, España 0.
Nueva cola para embarcar y nuevo percance. Un policía nos pregunta quien es nuestro responsable. Confiamos nuestra suerte a Víctor, al que le debemos un monumento. El poli, digno compinche de Ginés el de Coslada, le dijo que si queríamos nuestras maletas en Nepal, debía recibir una pequeña comisión para salvaguardarlas. Otra vez a soltar la mosca. India 2, España 0.
Los ánimos estaban muy, pero que muy caldeados, al borde del motín. Después de soportar que te humillen de esa manera y de ceder a chantajes de funcionarios y policías, todavía nos quedaba una tercera “sorpresita”. En las escalerillas del avión sufrimos el registro más vergonzoso y minucioso de nuestra vida, a pesar de que antes ya nos habían repasado de arriba a abajo. La política del miedo les funcionó de maravilla. India 3, España 0.
Como os podréis imaginar, la imagen que se nos quedó de la India no fue muy positiva. Tercermundista fue lo más fino que se nos pasó por la cabeza. Ahora nos reímos al recordarlo, pero en esos momentos se te pasa de todo por la cabeza. Estás a merced de unos corruptos chantajistas, y eso no es muy halagüeño.
Después, una guía de Catai nos contó que este tipo de “delitos consentidos” sólo suceden en Varanasi. Experiencias así no ayudan, pero sigo pensando que todo el mundo debería viajar al menos una vez en la vida a la India. ¿Os ha pasado algo parecido?





