Dejamos de momento las aventuras en Takayama y su fallido Sannō Matsuri, aunque no abandonamos todavía la prefectura de Gifu ni la lluvia. Nuestra siguiente etapa del segundo Viaje a Japón tuvo lugar en el idílico pueblo de Shirakawa-gō.
Para llegar a este pueblecito, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, pillamos un autobús desde Takayama. Paulatinamente nos fue conduciendo hacia el norte de Gifu bajo una lluvia torrencial. Parecía que el agua estropearía la belleza del lugar, aunque eso se antoja complicado con Shirakawa-gō. Al contrario, la lluvia le confería al pueblo un halo de misterio primitivo muy peculiar.
Shirakawa-gō es célebre por sus más de 100 edificios gasshō-zukuri, unas construcciones de madera, especialmente diseñadas para combatir los rigores del duro invierno en la región de Hida. Su principal característica es la forma tan inclinada de sus tejados fabricados con paja, ideales para evitar la acumulación de nieve.
El pueblo de Shirakawa-gō es muy pequeño, de unos 600 habitantes, así que se puede recorrer tranquilamente en un par de horas a pie. Nada más bajar del autobús, tenéis la oficina de turismo y el Gasshō-zukuri Minka-en, un museo donde se conservan edificios de estilo gasshō-zukuri y que puedes visitar por dentro. La entrada cuesta 500 yenes.
Pero lo realmente bonito está a la otra parte del río Shō-kawa. Lo primero es cruzar el puente colgante y pararse unos instantes a ver las aguas. Justo al otro lado, está el centro neurálgico de Shirakawa-gō. El asentamiento de Ogimachi.
Pese a la lluvia, nos pareció uno de los lugares más bonitos de Japón. Además de las tradicionales gasshō-zukuri, la zona cuenta con varios templos, restaurantes, cafeterías, tiendecitas de souvenirs y cultivos de arroz tradicionales. Lo curioso es que todos los edificios respetan la estructura de los gasshō-zukuri.
Nosotros fuimos haciendo varias paradas para entrar en calor y resguardarnos de la lluvia. La más reconfortante en un puestecito de ramen calentito o una tienda de frutos secos rebozados con sabor wasabi.
También visitamos algunas de las casas más célebres del pueblo, como la Kanda-ke. En su entrada tenían fotos de la visita de miembros de la familia imperial y de la televisión de Japón. Dentro se estaba muy calentito. Las casas son enormes edificaciones de madera con el tradicional hogar encendido en el centro. Era muy curioso ver cómo el humo iba saliendo por los respiraderos naturales sin acumularse.
Si alguna vez tuviera que escoger un pueblo con encanto, ese sería Shirakawa-gō, un lugar completamente distinto a cuantos haya estado jamás. Es otro Japón diferente, un Japón rural, de montaña, tradicional y hermoso, muy hermoso. Tanto, que un día tan horrible no nos pudo estropear.

































