Entre viaje y viaje hace casi un mes que no os hablo de Asia, y eso no puede ser. Esto sigue siendo el pachinko y no podemos perder la esencia. El lugar escogido para recuperar el toque asiático es el mercado nocturno de Temple Street en Hong Kong, una de las señas de identidad de la zona de Kowloon.
No es la primera vez que Temple Street aparece en este blog. Si hacéis un poco de memoria, ya os hablé en su día de los célebres cangrejos picantes que tanto le gustan a Lorco, y que precisamente se cocinan en los restaurantes callejeros de esta zona.
Pero dejemos los cangrejos para la cena y centrémonos en este popular mercadillo nocturno que visitamos durante nuestro viaje a Hong Kong. Lo que por las mañanas es una simple calle con tiendas de ropa barata, por la noche se cierra al tráfico para transformarse en un zoco donde todo se compra y se vende. Su fama hace que noche tras noche se llene de turistas, curiosos y hongkoneses que conforman una muchedumbre a la caza y captura de gangas, cachivaches y baratijas.
Como nosotros estábamos alojados en Tsim Sha Tsui no nos resultó muy complicado llegar hasta allí. Simplemente pillamos Nathan Road en la dirección opuesta a la bahía y giramos a la izquierda cuando vimos los carteles que indicaban el lugar exacto del mercado.
Temple Street es muy larga, pero no os penséis que es demasiado ancha. Parece una ratonera donde los puestos apretujan a la gente para que, quieran o no, echen un vistazo a los más variopintos productos. Porque otra cosa no, pero la variedad es alucinante. Seguro que busques lo que busques lo encuentras allí.
Falsificaciones de todo tipo. Relojes, vaqueros, camisetas baratas, mecheros de formas vulgares y obsecenas, imitaciones de merchandising de anime, gafas de sol, un top manta enorme, despertadores, juguetes sexuales, trípodes para cámaras… la mezcla es explosiva y el ambiente muy recargado. Asia en estado puro.
A todo esto le añadimos los mencionados restaurantes callejeros, los cantantes cantoneses, las adivinas que leen la palma de la mano, o los ajedrecistas que juegan una partida viendo a la gente pasar. Un ambiente fantástico a la luz de los neones.
Aunque sólo compramos un par de imanes con forma de dim sum y de noodles para la nevera, merece la pena acercarse para comprobar lo rápido que cambian los billetes de mano o ver los productos que la gente es capaz de comprar y vender. Por mucho que me esfuerce en explicarlo es mejor que lo comprobéis por vosotros mismos. Ahora bien, si vais con ganas de gastar algún dólar de Hong Kong, no olvidéis regatear. Seguro que pasáis una velada cargada de experiencias divertidas.





























