
Cuando uno tiene la suerte de contemplar el Machu Picchu con sus propios ojos aumentan mucho las posibilidades de tener alguna epifanía, aunque sea atea. Empiezas a creer en lo increíble y en gestas que parecen sacadas de una de las historias épicas de la Ilíada o la Odisea de Homero. Y es que los incas estaban hechos de otra pasta, si no eran dioses al menos se codeaban con ellos, de eso no me cabe la menor duda.
Esa visión de los incas cargando aquellas descomunales piedras a más de 2.000 metros de altitud, seguido de alguna reflexión alocada, te suben muchísimo la moral. Te infunden un valor que quizás en otras situaciones no hubieras hallado en lo más profundo de tu ser y, por supuesto, te animan a emular a esos genios o locos que eran los incas.

“Yo quiero subir al Huayna Picchu“, así de breve y repentinamente lo comuniqué a mis compañeros de viaje a Perú. Inicialmente no estaba previsto en el programa que nos había preparado LAN Airlines, pero al escuchar esta especie de revelación mesiánica que había tenido se pusieron manos a la obra para incluir la aventura en nuestro itinerario. Así da gusto.
Probablemente el nombre de Huayna Picchu no os sea demasiado familiar, pero me jugaría una cena en una buena cevichería a que lo habéis visto mil y una veces en fotos. Para que os hagáis una idea, es la enorme montaña jorobada que aparece junto a los vestigios arqueológicos del Machu Picchu y que queda tan bonito en todos los catálogos y guías de viajes a Perú.
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