Junio 30th, 2008

Kali

Después de la resaca del triunfo de España, voy a contaros una de las historias más desafortunadas de nuestro viaje a la India. Fue tal el cabreo que nos pillamos, que por unas horas olvidamos los buenos momentos, juramos en arameo y nos cagamos en todo lo que tenía que ver con la India. Luego se nos pasó.

Nos disponíamos a abandonar India, destino a Kathmandú. Apurábamos los últimos momentos en Varanasi subidos a un autobús que nos dirigía al aeropuerto. Antes nos habíamos despedido del guía que nos había “protegido” y desvalijado durante todo el camino. Íbamos solos a nuestro calvario. En general, el viaje había sido fantástico, aunque agotador y un poco estresante. Nuestra paciencia todavía debía pasar una última prueba: el Aeropuerto de Varanasi.

Las medidas de seguridad eran extremas. Al día siguiente se celebraba el Día de la India y estaba el país blindado. Sólo podían entrar al aeropuerto los que tuvieran billetes. Nosotros pasamos con el nuestro en la mano. Registro exhaustivo de maletas y pertenencias. Facturación de los bultos. Hasta ahí todo más o menos normal, los controles exigentes, pero todo normal.

Cuando cruzamos los primeros controles, nos pasaron a una salita donde debían sellar tu visado de salida o algo por el estilo. Una funcionaria del Estado era la encargada de gestionarlo todo. Parecía que el tiempo se había detenido sobre su mano. Sellaba los pasaportes con cuentagotas y con una parsimonia que asustaba. Nuestro destino estaba en sus manos.

Todo el mundo nos pasaba delante, sobre todo los hindúes, que no hacían ninguna cola. De repente, a Víctor, uno de los que mejor hablaba inglés del grupo, se le ocurrió preguntarle a la funcionaria los motivos del retraso. Ella le dedicó una sonrisa muy cínica y le comunicó que tenía “mucho trabajo”. Era la viva imagen de una víbora con sari.

La cínica hindú le sugirió que con un “poco de ayuda”, haría mejor su trabajo. Víctor le soltó unos dólares y selló los pasaportes con rapidez. No obstante, decidió que ya había trabajado suficiente. La historia se repitió varias veces hasta que todos los miembros del grupo recuperamos los pasaportes. India 1, España 0.

Nueva cola para embarcar y nuevo percance. Un policía nos pregunta quien es nuestro responsable. Confiamos nuestra suerte a Víctor, al que le debemos un monumento. El poli, digno compinche de Ginés el de Coslada, le dijo que si queríamos nuestras maletas en Nepal, debía recibir una pequeña comisión para salvaguardarlas. Otra vez a soltar la mosca. India 2, España 0.

Los ánimos estaban muy, pero que muy caldeados, al borde del motín. Después de soportar que te humillen de esa manera y de ceder a chantajes de funcionarios y policías, todavía nos quedaba una tercera “sorpresita”. En las escalerillas del avión sufrimos el registro más vergonzoso y minucioso de nuestra vida, a pesar de que antes ya nos habían repasado de arriba a abajo. La política del miedo les funcionó de maravilla. India 3, España 0.

Como os podréis imaginar, la imagen que se nos quedó de la India no fue muy positiva. Tercermundista fue lo más fino que se nos pasó por la cabeza. Ahora nos reímos al recordarlo, pero en esos momentos se te pasa de todo por la cabeza. Estás a merced de unos corruptos chantajistas, y eso no es muy halagüeño.

Después, una guía de Catai nos contó que este tipo de “delitos consentidos” sólo suceden en Varanasi. Experiencias así no ayudan, pero sigo pensando que todo el mundo debería viajar al menos una vez en la vida a la India. ¿Os ha pasado algo parecido?

Junio 23rd, 2008

Saddú en Varanasi

Esta vez, el que se llevó el gato al agua fue josecrem. Como bien apuntó, la imagen del último acertijo correspondía a una cúpula del mítico Kashi Vishwanath de Varanasi. Nuestro viaje a la India llegaba a su fin y nos tocaba despedirlo en la mística Benarés. Esta ciudad fue fundada en el siglo VII a.C. y es contemporánea a ciudades mitológicas como Babilonia o Nínive. Por si esto no fuera suficiente reclamo,  es la ciudad sagrada del Hinduismo y está situada en la orilla oeste del Ganges.

Hindus agolpados en el Ganges

Con todos estos ingredientes, sólo nos podían esperar sorpresas y más sorpresas. La llegada a la ciudad la hicimos en avión. Volamos desde el aeropuerto de Khajuraho hasta el de Varanasi, de infausto recuerdo para nosotros (aunque esta historia tendrá su propio post). Lo primero fue llegar al Hotel Taj Ganges. Un alojamiento en la línea de lujo de los anteriores, aunque apenas pudimos disfrutar de él. Fue salir del hotel, y darnos cuenta de que Benarés era distinta a todo lo que habíamos visto hasta ahora, un mundo diferente en todos los sentidos.

Ofrenda en el Ganges

Al salir del hotel nos montamos en un autobús que nos llevó hasta el Templo de la Madre India, una visita muy poco recomendable. Lo bueno estaba por llegar. Pillamos un tuk-tuk y de cabeza a conocer los míticos ghats ubicados a orillas del río Ganges. Alquilamos una barca y bajamos río abajo para contemplar de cerca los crematorios y el ocaso del sol. Una imagen preciosa, que gracias a las supersticiones, se completaba con velas encendidas y flores, que asomaban en el Ganges. Tras remontar el río sagrado, nos paramos delante de un ghat donde se iba a celebrar una ceremonia hinduista. Fue una imagen conmovedora. Miles y miles de personas reunidos alrededor de decenas de brahmanes que oficiaban una liturgia tan antigua como el hombre. El Aarti vespertino, cantos, luces, rezos… devoción a raudales que hacían que los pelos se pusieran de punta. Tras esta primera toma de contacto con la ciudad sagrada del Hinduismo, fuimos a dormir. Tocaba madrugar para ver como el Ganges recibía el nuevo día.

Devotos de Shiva en el Ganges

Al amanecer, quisimos repetir la experiencia. Paseo en barco por el río Ganges con las primeras luces del día como testigos. Una barcaza, impulsada por escuálidos remeros,  nos llevó de nuevo hacía distintos y preciosos ghats. Al alba tuvimos una mejor visión de estos extraños escalones decorados con imágenes de Shiva y otros dioses del Hinduismo. Pese al madrugón, muchos peregrinos ya estaban purificándose en sus aguas. La purificación es espiritual, pues el río es uno de los lugares más sucios y contaminados de la tierra. Antes de irnos compré una pequeña vasija con agua sagrada que todavía conservo. De los crematorios poca cosa, vimos algunos entierros y piras de madera preparada para las cremaciones, posteriormente en Nepal contemplamos mejor estos ritos. El ciclo de la reencarnación hinduista concluye si esparcen tus cenizas en el Ganges, por eso la gente va a morir a Benarés. Para buscar el descanso eterno.

Paseo por el Ganges

Tras llegar de nuevo a la orilla, serpenteamos por las callejuelas ancestrales. Varanasi es como un gran laberinto en el que puedes ver de todo. Vacas dentro de tiendas, miseria, saddús, olores nauseabundos, gente por doquier, peregrinos de todo el mundo, porquería, animales comiendo su propia mierda… Todo lo que te puedas imaginar y mucho más, un choque cultural aterrador para el occidental y a la vez apasionante y enriquecedor. Ahí debía terminar nuestro viaje en tierra santa, pero insistimos en visitar el Kashi Vishwanath. Sin duda, uno de los templos más sagrados del Hinduismo cuyas cúpulas están recubiertas con 750 kilos de oro. Nuestro guía no quería que lo viéramos, pues además de sagrado, comparte terrenos con una mezquita y es un lugar de disputa entre hinduistas y musulmanes. Entramos, pero sin cámaras ni mochilas ni nada. Repleto de fieles y de militares con armamento pesado. Impresionante.

En barcaza por el Ganges

Mi consejo para todo aquel que visite la India es que dedique al menos un par de días a Varanasi. Puede llega a ser impactante y muy desagradable para la vista y el olfato, pero es imprescindible. El legado espiritual y religioso de esta caótica ciudad se remonta a más de 3.000 años y eso son palabras mayores. Más de 90 ghats son el epicentro de esta urbe mágica que explica y reescribe día a día el ciclo de la vida y de la muerte.

Saddú en Varanasi

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