Todavía soñamos, escuchamos y sentimos Corea. No han pasado ni 48 horas desde nuestro regreso a España y todavía están muy latentes los recuerdos de nuestro viaje a Corea del Sur. No hemos superado el jetlag, pero ya echamos de menos el kimchi, el caos de Seúl y Busan o la hermosa estampa que nos regaló Gyeongju y sus cerezos en flor.
Antes de ponernos a desgranar con todo detalle nuestras experiencias en Corea del Sur nos gustaría hacer un balance inicial, en caliente, a corazón abierto de nuestro primer viaje a Asia en familia.
Lo primero que nos gustaría destacar es que Corea es un país donde no hay demasiado turismo occidental. Lo que muchos considerarían una desventaja, para nosotros fue todo un aliciente. En este sentido, mucha gente sentía curiosidad cuando nos veía con un niño pequeño y hacían lo posible para llamar nuestra atención y hablar con nosotros.
Aunque en principio la barrera del idioma puede parecer un handicap, la amabilidad de la gente lo compensaba con creces. No nos engañemos, el coreano es un idioma muy complicado para nosotros y por aquellas tierras no se habla demasiado inglés. Sin embargo, todo el mundo se esforzaba al máximo para comprendernos y ayudarnos.














