Hoy que hace un día plenamente otoñal, me apetece recordar otra jornada con cielo plomizo y lluvioso. Como sabéis, estas últimas semanas os he hablado bastante de Takayama. ¿Pero qué rayos hacíamos nosotros en esa ciudad?
Uno de los principales objetivos de visitar Takayama consistía en acudir a su famoso Sannō Matsuri. Se trata de un festival donde desfilan los célebres yata, una especie de templetes móviles donde colocan tallas, cortinas de colores y títeres. En muchos sitios se comenta que esta fiesta, del 14 y 15 de abril, es uno de los matsuri más hermosos de todo Japón. Existe una versión más reducida llamada Hachiman Matsuri. Se celebra el 9 y 10 de octubre.
Pues ahí tienes a Vero y a Pau en Takayama. Recién levantados y duchaditos para participar del Sannō Matsuri. Sin embargo, el cielo no fue benévolo con las cientos de personas y los yata que tenían previsto desfilar por el centro de Takayama. Empezó a llover con ganas y un policía nos comentó que el matsuri se suspendía temporalmente hasta que el cielo les diera una tregua.
Era un día como hoy, con el cielo completamente cubierto por las nubes. La tormenta no quería perderse nada, así que las caras de tristeza de la gente eran evidentes. La lluvia empezaba a mezclarse con las lágrimas. El día de antes, el sol presumió radiante durante toda la jornada. ¿Cuántas veces la lluvia ha amargado un día de fiesta? Que se lo pregunten a los alcoyanos.
Así que ya veis, vamos a la otra punta del mundo a ver el Sannō Matsuri, y la lluvia nos priva de su alegría. A veces los viajes tienen estas cosas, esperas algo con tantas ansias que luego acaba por decepcionarte. Pero como todo yin tiene su yang, los destinos te suelen regalar momentos y lugares inesperados. Ahí es donde reside la salsa de viajar.






















