Otra vez nos tocaba afrontar uno de esos lugares afamados por allende los mares, de esos que tantas veces has visto en postales, leído en libros o inmortalizado en algunas películas. Antes de que la Disney lo infantilizara, Quasimodo saltaba de gárgola en gárgola en las páginas de la universal Nuestra Señora de París, de Victor Hugo.
Notre Dame es una maravilla archiconocida y es imposible visitarla sin tener una idea preconcebida. ¿Nos jugarían las altas expectativas una mala pasada?
Tras dar un paseo por el reino de los juguetes, tomamos el metro hasta Les Îles, el que para muchos es considerado el corazón de la centenaria París. Ese día Vero y yo decidimos jugar a no mirar el reloj y a tomarnos las cosas con calma. Disfrutar de cada sorbo de la ciudad. Quizás fue una osadía y pronto nos dimos cuenta de que todo el mundo estaba aquel fin de semana en París y quería ver lo mismo que nosotros.
Las colas que vimos en la Sainte-Chapelle no fueron un buen augurio, y al llegar a la plaza que acoge la catedral gótica más célebre del mundo despejamos todas las sospechas. Una marea de gente hacía cola para entrar a Notre Dame y aguantaba el frío estoicamente.





















