
Durante estos tres días de viaje me han preguntado muchas veces qué conocía de Vitoria. “El Baskonia y el Celedón”, respondía para salir del paso. Y es que echando la vista atrás me arrepiento de que el camino no me haya permitido cruzarme antes con esta esmeralda de Euskadi.
Todavía tengo muy latentes los recuerdos de mi paso por Gasteiz. Sólo hace 48 horas que he regresado pero mi corazón y mi cabeza me piden que regrese, que les prometa que volveré. Con tres días no fue suficiente, quieren más.

Y es que me debato en calificar a Vitoria como una joya o como una sorpresa constante. Quizás sería mejor aunar los dos apelativos, porque uno sin el otro no definirían con exactitud las experiencias que he vivido allí.
Gasteiz es una joya porque es hermosa, coqueta, brillante, con una luz muy especial. Una joya verde, donde se respira calidad de vida por los cuatro costados. Una esmeralda que engarza un anillo repleto de humedales. Una joya robusta, donde la piedra y el hierro le otorgan firmeza, carácter y nobleza.
















